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Dos damiselas en apuros, o perdidas en el paraíso

Planeamos el viaje durante casi seis meses. Desde coordinar los vuelos, buscar el hotel y rentar el auto hasta revisar las rutas críticas en el centro comercial, todo estaba perfectamente organizado, hasta el más mínimo detalle: un fin de semana de compras en Miami era justo lo que mi hermana y yo necesitábamos para relajarnos, y el mejor pretexto para pasar un rato juntas.

Hasta el momento de pasar migración, todo iba perfecto. Logramos cambiar el asiento con otro pasajero y nos pasamos el vuelo chismeando y haciendo planes para el fin de semana. En el avión nos dieron sándwiches de jamón de pavo, pero mi hermana no quería el suyo, así que yo lo guardé por si nos daba hambre después.

Una vez que nos sellaron el pasaporte, nos indicaron que teníamos que pasar por una inspección sanitaria. Yo estaba de lo más tranquila, pues solo llevaba una maleta vacía ¿qué podía salir mal? Al pasar mi bolsa por la máquina de rayos X escuché: “sí, veo una manzana” y en ese momento recordé que no me había comido la fruta del día anterior. Obvio, nos detuvieron y sacaron todo lo que traía. ¡Qué oso! Yo ya me veía deportada, con la visa denegada y hasta encarcelada. Felizmente nos dejaron ir con solo una advertencia y me decomisaron la fruta y el sándwich que, al parecer, no era de pavo.

Después del susto fuimos a recoger el auto que habíamos rentado y me convertí en la flamante conductora de un coche automático, equipado con todas las monerías. Como mi hermana me había dicho que su marido nos iba a prestar su GPS, ese fue el único extra que no pedí. Grave error.

Al salir de la arrendadora nos dimos cuenta que el tonto aparato no tenía idea de cuál era nuestro destino y no estaba muy seguro de dónde estábamos. El mapa que nos dio la agencia era únicamente del centro de Miami y nos íbamos a quedar en Ft. Lauderdale. Después de varias frenéticas llamadas internacionales y 15 minutos de insultar al GPS, apareció la ruta para el centro comercial, que estaba a cinco minutos del hotel.

Antes de llegar al  mall, el aparatito ya nos había vuelto a perder, así que me bajé en la primera gasolinera que encontré a comprar un mapa del área. La buena noticia era que ya estábamos en Ft Lauderdale, la mala era que ya era más de medianoche y ni el GPS ni el mapa estaban ayudando mucho, pues mi hermana le dió un vistazo a todo ese papel desplegado y lo declaró “irreal”.

Seguimos dando vueltas por lo menos una hora más, intentando encontrar un letrero que nos llevara en la dirección correcta, hasta que nos bajamos en un estacionamiento para que yo pudiera buscar la ruta con un poco más de calma. Para ese momento, las dos estábamos cansadas, hambrientas y algo desesperadas.  Llamamos al hotel para pedir instrucciones, pero la persona en recepción quería saber si íbamos hacia el norte o  hacia el sur y como mi sentido de la orientación es pobre tirándole a nulo,  no logramos entendernos muy bien.

Cerca de las dos de la mañana  nos volvimos a parar para estudiar el mapa con más calma, pues habíamos perdido toda esperanza de ayuda externa, cuando ésta llegó en forma de un joven que se paró a hablar por teléfono y que, viendo su oportunidad de hacerla de caballero andante, se ofreció a guiarnos hasta nuestro destino.

Nos encomendamos a toda la corte celestial y logramos llegar con bien al hotel,  donde nuestro galante salvador nos invitó a tomar algo y nos dio su teléfono por si nos volvíamos a perder durante nuestra estancia en la ciudad, demostrando que los caballeros andantes estilo Disney, aparecen en los lugares y momentos más inesperados.

Categorías:Artículos
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